LOS AMIGOS ARDEN EN LAS MANOS

Leí Los amigos arden en las manos hace varios años, mi amiga Luz Adriana Castaño lo recibió autografiado de manos de Juan Carlos Acevedo, cuando en Filadelfia con mis amigos nos jurábamos jóvenes poetas y decidimos imaginarnos un club (en realidad el libro era una donación que iría a parar a una biblioteca de tres tablas que pasábamos más tiempo contemplando que leyendo). El club de poetas no era más que una gaminería arrumada en una oficina de la Casa de la Cultura, que de muy buena voluntad nos concedió la alcaldía municipal; y que los “miembros” del club, también de muy buena voluntad, decidimos convertir en escondite, para fumar y desaparecer cajas de vino, ron, aguardiente, y dedicarnos a los vicios propios de la adolescencia (de los que algunos no se han podido librar).

Los “poetas de Manizales” bajaban al pueblo invitados al Encuentro de Escritores Caldenses, del cual toda mi generación es víctima; escuchábamos a Mariela Mahecha, que una vez leyó un poema sobre unas tajadas de maduro que nos sorprendió; la versión retorcida de Alicia en el país de las maravillas de Carlos Augusto Jaramillo; contábamos las veces que Edgar González entraba y salía del auditorio por café. Éramos los niños perdidos, aborticos errabundos, preguntones, incómodos, y saltábamos de emoción cuando alguien nos regalaba un libro. La oficina del Club de poetas era una boca polvorienta: un escritorio, una silla Rimax robada, una caja con libros, un trapito y un bombillo. Durante un tiempo hubo un colchón enrollado que hizo las veces de sofá,  donde desfloraron a alguna (seguramente no era su primera vez…). La oficina, ese acto de irresponsabilidad del municipio, era nuestro templo; a Juan Carlos Acevedo le parecía increíble que nosotros, apenas con 15 años, tuviéramos un lugar para la poesía, lo que los “poetas de Manizales” ni siquiera ambicionaban.

Eran años lentos, Flóbert Zapata sagradamente nos envenenaba con sus cuadernillos de Lyrica Species; en sus talleres de poesía los sábados, tuvo con nosotros el gesto más grande, fue más maestro que poeta. Recuerdo, sobre todo, el día que conocí a Uriel Giraldo. Hice que me firmara un ejemplar de Fe de erratas que me robé de la Casa de la Cultura para regalárselo a Sandra Gómez que se había ido a vivir a Medellín. No sabíamos que él iba a ser nuestro profesor en la universidad.

Los amigos arden en las manos llegó a nuestra aldea cuando aún era un cuadernillo grapado. A cuotas, también fue llegando la demás poesía de los escritores nuevos, los que por esos días se abrían paso en encuentros y festivales como el de Filadelfia. Después de que nos quitaron la oficina del Club de Poetas, por atentar contra la moral y las buenas maneras, nos repartimos el botín. Duván Castaño, ahora estudiante de Filosofía y Letras, tiene la mayor parte de los libros en una caja debajo de su cama, supo merecerlos. Yo me quedé con algunos, entre ellos, un poemario que tiene una carga simbólica muy grande para mí, Manzanas levemente heridas, el primer libro de poesía que leí en mi vida. Luz Adriana se aferró al libro de Acevedo, su parte del tesoro también era pequeña, pero me lo prestó para que le sacara fotocopia.

Hoy, casi ocho años después, llegó a mis manos esta antología, editada por la Universidad de Caldas, que contiene dos trabajos, Los amigos arden en las manos, el libro de las renuncias que se niega a ser invisible, y el premio del VI Concurso Nacional de Poesía Carlos Héctor Trejos Reyes 2009, Historias alrededor de un fogón, de Juan Carlos Acevedo. Releer estas páginas me empujó a escribir este pequeño homenaje, porque entre mis dedos aún se escapan las cenizas de lo que fueron mis amigos. Algunos todavía persisten: vuelan por ahí, como papelitos incendiados.