Sin mente como las Barbies*

 

Ver a este par de mamees bronceándose bajo un foco de 20w, miradas perdidas, sonrisas complacientes, tendidas a la espera… me hace pensar en mujeres reales sin pezones, de sexo impenetrable. La de la derecha, según la inscripción quemada en su espalda, fue fabricada por Mattel en 1966; durante casi 20 años perteneció a Mónica Velásquez, hoy madre de familia y asistente de vuelo. Su hijo, una plaguita que juega a lanzar poderes en los parques, se apropió de la Barbie original y la hizo amante de uno de sus muñecos de acción: un día, Mónica descubrió al pequeño dios cortándole los dedos a alias La Alemana mientras jugaba a los traquetos, la torturaba para que confesara.  La joven madre decidió poner a salvo a la rubia, se la regaló a la hija de una de sus amigas, Sofía, una princesita de cinco años que baña a sus ponis con champú. La pequeña recibió la herencia, la despojó de su traje típico europeo y le lavó la cara porque la vio muy sucia; de la misma manera sumergió otros juguetes en el agua jabonosa, entre ellos a Bárbara (la chica de la derecha en la foto), imitación criolla modelo 2010 de la exótica extranjera. Sofía recibió a Bárbara un 24 de diciembre, de cabello rosado, en caja rosada, con accesorios rosados, y un vestido largo de cortesana, también rosado. Como es natural, la despojó de sus reales vestimentas para medirle unos jeans baratos de otra muñeca, y fue ahí cuando la madre de la pequeña vio las piernas desnutridas del regalo de navidad; al parecer, los fabricantes de las piratas Bárbaras ahorran muchísimo en plástico (debe ser carísimo estos días). Le preguntaron a la niña que cuál de las dos mujercitas cabecihuecas le parecía más bonita, como era de esperarse, dijo que la forastera estaba muy gorda, que prefería la del cabello rosado. La madre, preocupada, recordó aquella vez que tuvo trastornos alimenticios, según dice, porque quería ser flaca como las Sailor Moon, sin embargo, prefirió no quitarle aquella patiseca réplica humana a su hija. Bárbara y alias la Alemana terminaron compartiendo, desnudas, el fondo de una caja, a veces sus miradas se cruzan, ambas sonríen, la una porque sabe guardar muy bien las apariencias, y la otra, porque a pesar de sus amputaciones, aún conserva el secreto que no le pudo arrancar un tal Max Steel en un ataque de celos.

 *Los nombres de los implicados han sido cambiados para proteger sus identidades.

Poemosca (2009), páginas 34 y 35