MAR ADENTRO

 

Su raíz se asemeja a un tentáculo tímido
—es un nómada adicto al tacto que absorbe todo lo que toca—,
por eso se desplaza con la velocidad de los de su especie,
para poder descubrir el mundo e inventarle un nombre a las cosas nuevas antes de devorarlas.
Su savia es inerte, negra y espesa. No hay nada en él que le indique que es un árbol, pero él así lo cree.
Como todos los bonsáis gigantes, no necesita de mucha tierra, habita una pequeña isla flotante que recorre los océanos;
en ésta han muerto de hambre varios náufragos, pues su tronco lo mueven unos engranajes secos que no producen ni un solo fruto comestible.
Cuando llega a un puerto, es invadido por niños de aspecto cadavérico que quieren jugar con él, subirse por sus ramas y hacerle columpios…
Entonces, vencido y cansado de su inmortalidad, espera a que caiga la tarde para huir de nuevo mar adentro en busca de una cierta soledad.
Cada tanto decide perder sus hojas y dejarlas esparcidas por el agua en un otoño voluntario;
lo hace para sentir menos el viento que lo recorre y le recuerda que está vivo.

(Texto hecho sobre medida para reseñar el poemario Viento en el árbol (2009), de Felipe Agudelo Hernández).

 

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Acerca de leoloaiza
Licenciado en Lenguas Modernas (UCaldas). Estudiante de Maestría en Traducción (UAM). Autor de Poemosca (2009); Poca tinta, antología de ciberpoesía (2012); Las sencillas costumbres, antología de poesía (2015). Manizales.

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