HASTA DONDE SE ALCANZA A VER

 

Tenía siempre el mismo sueño de chico, apretaba los puños, retenía el aire, me concentraba en un punto a varios metros y levitaba como los superhéroes.

Cuando tuve mi primera bicicleta me pasaba igual, zanjaba la cancha de arena levantando el polvo como la estela que deja un propulsor.

Más tarde, tendido en un potrero, yo era el dueño de la bóveda azul, podía escuchar cómo milímetro a milímetro me devorado el pasto.

A todos nos pasó igual.

No íbamos a ser humanos, ahora que tenemos vedado el cielo, lo sabemos.

 

CONSIDERACIONES

 

Escribiré mi obra en primera persona,
sabrán perdonarme aquellos que tienen razones auténticas para sufrir.
Leeré solo a los autores que se me parecen,
imbéciles que tratan de tapar el mundo con un poema;
seré todos y ninguno.

 

MI VECINA

Mi vecina del piso de arriba no duerme.
Corre los muebles
y encera los pisos de madera a la 1:50 a.m.
Debe ser obsesivo-compulsiva.
Pone una emisora
y canta música de Tormenta.
Histriónica.
Colecciona gatos, una docena.
Esquizofrénica.
Nunca sale de su casa.
Asocial.
No le abre a la policía.
Delincuente.
Tiene un marido silencioso como un conejo,
le grita y él no contesta.
Histérica.
Parece que calzara unos coturnos
para caminar de noche.
Cínica.
Tiene que estar muy descompuesta
para seguir despierta a estas horas.

 

EN UN QUINTO PISO

Los labios se chocan en un saludo fatigado, la jornada ha sido intolerable para ambos y aún hay cosas para hacer en el hogar. Él corta las verduras y prepara la salsa para la pasta, ella recoge el desorden y lava la loza, no sin antes quitarse los tacones, pedestal que la distingue como empleada de oficina. La preparación de la comida no toma mucho tiempo, es un ejercicio parecido a las artes marciales, movimientos veloces de las manos, miradas de reojo y mucho silencio. Se sientan a la mesa diseñada para dos, y se agradece el exceso de sal y la diligencia del momento. Algún orgullo laboral escapa de las bocas llenas, también la anécdota del accidente en la avenida y un piropo, porque nunca se está demasiado ojeroso, despeinado, pálido o cansado para el otro. Los platos sucios esperarán en la cocina hasta el día siguiente. La mujer se quita con paciencia el maquillaje grasoso doblando infinitas veces un cuadrito de papel higiénico y le da al hombre el tiempo suficiente para que se desvista, se cepille los dientes y bajo las cobijas pase los canales de televisión para no ver nada en realidad. Ella se pone su camisón de dormir, va al encuentro de su hombre, que le calienta mientras tanto su lado de la cama. Él se da media vuelta, ella lo abraza por la cintura, suspira largamente y le recorre la panza, bajando despacio hasta agarrarle el pene, chiquito y chicludo, entelerido todavía. En una sincronía perfecta y acrobática el uno se pone encima del otro. Los senos muy juntos y pequeños llenan las manos callosas, pulsaciones sanguíneas despiertan el apéndice perezoso. Es jueves, no hay nada en la tele y en un quinto piso un par de insomnes se hacen el amor como dos animales muertos.

 

Fotografía: El recuerdo, Paula Walker:

http://www.flickr.com/photos/lata