MÚSICA METÁLICA Y SUBLIMINAL

 

En pleno padecimiento de la adolescencia, por allá en el 99 o antes, leíamos en el colegio un libro sobre mensajes subliminales, drogadicción, suicidios y satanismo. La publicación estaba diseñada para advertir a padres e hijos sobre los peligros y consecuencias para la vida en caso de, por ejemplo, escuchar a tal o cual banda, practicar el ocultismo y meterse cosas por la cara. Por supuesto, mis amigos y yo estábamos fascinados con ese libro, el único ejemplar de la biblioteca, que nos enseñó cosas como qué quería decir la sigla de KISS, qué canciones eran invitaciones a quitarse la vida, y que Ozzy Osbourne, un señor que usa delineador, comía murciélagos… (como una invocación, acaban de poner en Radiónica, Loner de Black Sabbath, mientras escribo esto).

Hotel California  no nos pareció tan homicida… y aunque no sabíamos forro de inglés, volteamos la cinta de varios casetes, de los que traían tornillitos, para escuchar ciertas canciones al revés, pero nada pasó. Tanta advertencia, tanta histeria, tanta superstición, lo único que logró fue que nos apegáramos más a esas melodías depresivas y a esas historias oscuras que llenaban el dramático y metal-romántico vacío de la pubertad.

Hace varios días, en una librería de viejo en el centro de Manizales encontré un libro parecido al que leíamos en el colegio, Música Rock y satanismo, de René Laban. Según lo poco que pude observar, porque sólo leí un párrafo y le tomé una foto para no comprarlo, se trata de otro manual satanizador publicado en el ochenta y pico. Un amigo que me acompañaba me dijo que un fenómeno similar al de la popularidad del Rock en mi época, ocurría hoy en día con el Reggaetón (palabra que el corrector automático de mi computador ya reconoce). Según él, los chicos de ahora, es decir, los bebés del 2000 para acá, encuentran en el híbrido aquel toda la descarga de sexualidad y erotismo, ostentación de poder y reafirmación personal, que nosotros buscábamos en las baterías y las guitarras. ¡Bah!, le dije, y seguí buscando tesoros en la canasta de saldos.

Pues bien, hasta ahora, no he encontrado el primer libro, revista o panfleto escrito por padres de familia o autoridades religiosas, advirtiendo sobre las nefastas consecuencias del Reggaetón y sus mensajes subliminales o conscientes, en el desarrollo psicosocial de niños y adolescentes, o de su relación con el abuso de sustancias, y mucho menos con el deterioro moral del que tanto se habla en los medios. Por el contrario, a todos les parece algo muy normal, propio de la juventud, socialmente aceptable. Si ustedes han presenciado una fiesta infantil, o de unos quince años, saben de lo que les estoy hablando.

En fin, la idea no es irme contra el Reggaetón, ni más faltaba; primero, porque no quiero escupir para arriba (I’ve been there…), y segundo, porque esta brecha generacional cada día se hace más abismo y prácticamente no tengo autoridad para hablar al respecto. Lo que en realidad quería hacer era compartir este párrafo, el primero que me encontré al abrir el libro, e ilustrar por qué el Rock es el peor veneno que le puede entrar a uno por los sentidos:

“Efectivamente, pueden producirse toda una serie de cambios y modificaciones en el psiquismo de aquellos que escuchan música, particularmente música Rock. Adam Knieste, que ha estudiado el tema desde el punto de vista médico, opina que «el problema central causado por la música Rock en los pacientes que he tratado se desprende claramente de la intensidad del ruido, que produce hostilidad, agotamiento, pánico, indigestión, hipertensión y una extraña narcosis».«El Rock, concluye este autor, no es un pasatiempo inofensivo, es una droga más mortal que la heroína».” LABAN, René. Música Rock y satanismo. Pg. 71

Música Rock y Satanismo

 

Música Rock y Satanismo página 71

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