EN UN QUINTO PISO

Los labios se chocan en un saludo fatigado, la jornada ha sido intolerable para ambos y aún hay cosas para hacer en el hogar. Él corta las verduras y prepara la salsa para la pasta, ella recoge el desorden y lava la loza, no sin antes quitarse los tacones, pedestal que la distingue como empleada de oficina. La preparación de la comida no toma mucho tiempo, es un ejercicio parecido a las artes marciales, movimientos veloces de las manos, miradas de reojo y mucho silencio. Se sientan a la mesa diseñada para dos, y se agradece el exceso de sal y la diligencia del momento. Algún orgullo laboral escapa de las bocas llenas, también la anécdota del accidente en la avenida y un piropo, porque nunca se está demasiado ojeroso, despeinado, pálido o cansado para el otro. Los platos sucios esperarán en la cocina hasta el día siguiente. La mujer se quita con paciencia el maquillaje grasoso doblando infinitas veces un cuadrito de papel higiénico y le da al hombre el tiempo suficiente para que se desvista, se cepille los dientes y bajo las cobijas pase los canales de televisión para no ver nada en realidad. Ella se pone su camisón de dormir, va al encuentro de su hombre, que le calienta mientras tanto su lado de la cama. Él se da media vuelta, ella lo abraza por la cintura, suspira largamente y le recorre la panza, bajando despacio hasta agarrarle el pene, chiquito y chicludo, entelerido todavía. En una sincronía perfecta y acrobática el uno se pone encima del otro. Los senos muy juntos y pequeños llenan las manos callosas, pulsaciones sanguíneas despiertan el apéndice perezoso. Es jueves, no hay nada en la tele y en un quinto piso un par de insomnes se hacen el amor como dos animales muertos.

 

Fotografía: El recuerdo, Paula Walker:

http://www.flickr.com/photos/lata

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LA MUJER JUDÍA

Ella sabe que debe abandonar el lugar; excepto lo que le pueda caber en la maleta y lo que se lleve puesto, ninguno de los objetos de la estancia la puede acompañar en su viaje. Ya nada le pertenece, la casa pronto será ajena.

Sentada en el borde de la cama, frente al espejo, observa con cara austera la estrella azul que debió zurcir a la solapa de su blazer, ―somos una raza de sastres, piensa, mientras trata de descifrar las puntadas. Permanece un rato así, detallando su rostro apenas maquillado, su ropa muy limpia y sus hombros siempre hacia atrás. La casa, también impecable. No sabe exactamente para qué dedicó toda la mañana a almidonar las camisas de Fritz, a sacudir el polvo incluso detrás de los cuadros y mucho menos para qué hizo una lista de pendientes si su marido nunca sale al mercado. Decide entonces no dilatar más la espera y dirigirse hacia la puerta principal, despacio, la luz entra para cegarla por un segundo… ahí están, la observan como siempre, vigilando cada movimiento suyo, pero esto ya no es nuevo. Ella continúa con su huída disfrazada de rutina, pues aún conserva la estrella y esto la protege. Atraviesa despacio, pero con paso decidido los almacenes de telas, mientras piensa en el momento preciso en el que empezará a ser otra, ―ser otra o dejar de ser, balbucea, ―ser otra o dejar de ser… Sin darse cuenta, ve a lo lejos la estación de trenes, debe atravesar por lo menos tres calles para llegar allí, hay en la entrada un tumulto de gente que espera pacientemente su turno; mientras avanza, escucha la voz de los únicos que no podrían rendir cuenta de su situación, niños que juegan, gritan y persiguen cosas, pero que ella no quiere voltear a mirar. Al llegar a la entrada, sujeta su pequeña maleta con sus dos manos a la altura del pecho y se introduce despacio entre la multitud. En cuestión de segundos, y a la vista de todos, la estrella de tela cae al suelo. Su nombre y su apellido ya no son los mismos.